Érase una vez, un joven humano llamado Jonák que viajó hasta una isla solitaria y le pidió al Dios Dragón que salvara su ciudad natal. A cambio de su ayuda, el Dios Dragón Adain le exigió que fuese suyo. A pesar de lo inesperado de la petición, Jonák la aceptó sin dudar. Así comenzó la historia de la bendición de Jonák y Adain.